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La importancia histórica de la industria textil chilena y la autogestión en tiempos de crisis

Escrito por Beatriz O’brien

Abril 2020

Las políticas estatales a partir de la década de 1930 fortalecen los discursos de fomento y protección de la industria nacional. La gran depresión golpea al mundo en 1929 y de manera particularmente dura a Chile. Un sistema primario, librecambista y expuesto al mercado global dejó vilmente a la vista la desprotección de la economía nacional.

La industria que más crece es el área textil. En 1937 y con financiamiento de la recién creada Corporación de Fomento (Corfo) se funda Textiles Yarur. “El rubro que lideró la expansión industrial en Chile a partir de la década de 1930 fue el textil con un crecimiento anual del 30% que logró reemplazar casi por completo el producto importado: 30% de la oferta interna hacia 1929 que para 1933 había alcanzado un 77%”. (Salazar y Pinto: 2002)

Industria textil Puente Alto
Fábrica de tejidos, Puente Alto, 1928

La rama textil fue estructural en el esfuerzo industrializador. Es vanguardista, innovadora y posee una asombrosa capacidad de adaptación para producir diversos artículos. Hacia 1965 la textilería nacional, cuyo producto estrella eran los finos hilados de lana, logra cubrir completamente la demanda interna e incluso exportar. Los consumidores nacionales acceden a productos de excelente calidad y longevidad a buenos precios.

El quiebre democrático de 1973 frena la producción industrial. Los nuevos asesores económicos de la junta militar planean volver a un sistema abierto, librecambista y privatizado. Los intereses subyacentes son, sin duda, políticos: destruir las sólidas bases del sindicalismo obrero. La industria nacional da una dura batalla más, sufre una larga agonía. Los tratados de libre comercio acordados por los gobiernos de la transición incrementan facilidades arancelarias al comercio foráneo.

La industria textil nacional apaga sus máquinas, cierra sus puertas y va quedando en silencio. El consumidor local privilegia bienes discrecionales de bajos precios. La era de oro de la industria nacional, que llegó a ser la más moderna de Latinoamérica, cae en el olvido. Entrado el siglo XXI, las fábricas que aún confeccionan en el país son casi nulas. El trabajo artesanal logra sobrevivir en diversos oficios tradicionales organizados como resistencia popular.

Enfrentados a una pandemia, a puertas cerradas, nos volvemos a encontrar en la misma encrucijada que tras la gran depresión. Vulnerables, dependientes de la economía global y desprovistos de infraestructura industrial para suplir las necesidades de un sistema de salud público precarizado por los intereses del gran capital. La sociedad civil se organiza para suplir la deficiencia de insumos. Las máquinas de coser de miles de ciudadanos vuelven a rugir tal como lo hicieron hace más de un siglo. El riesgo es hoy global, pero la resistencia local. ¿Cómo nos rearticulamos para cubrir nuestras necesidades?

Proponemos, en primera instancia organizarnos en redes locales de abastecimiento basadas en tres principios: participación, autogestión y solidaridad. La premisa consta en sepultar el individualismo y unirse como colectividad en labores de producción económica. El modelo cooperativo es tan antiguo como la humanidad misma y ha demostrado un alto grado de resistencia a las crisis. La organización civil necesitará de políticas públicas que acompañen, desde el Estado, el renacimiento de una nueva industria nacional acorde a los tiempos que vivimos: moderna, eficiente y limpia que otorgue trabajo de calidad a los trabajadores de nuestro país.